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Devociones populares

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¿Por qué la devoción, el recuerdo y la celebración de algunos santos han perdurado en el tiempo en la mente de los cristianos? ¿Por qué hay imágenes que se repiten prácticamente en todas las iglesias? ¿Cómo es posible que santos como San Blas, de comienzos del siglo IV, que vivió en la lejana Turquía actual, pueda ser tan conocido y querido en nuestra tierra? Son preguntas que nos podemos haber hecho alguna vez, cuestionados por la celebración de fiestas multitudinarias alrededor de la figura de santos tan populares.

Los estudiosos de la religiosidad popular tienen mucho que decir de esto. Es verdad que se encuentran con muchas lagunas, e incluso mares, pero algunas cosas sí se pueden saber.

Sin temor a equivocarnos podemos decir que la clave está en la Edad Media (siglos V-XV). La realidad social y religiosa de esta época tiene mucho que ver con ello, la religión estaba presente en cualquier asunto; por otra parte, la indefensión de las personas ante la cantidad de enfermedades hizo que los santos fueran la última solución ante lo que era considerado inevitable, cuando se conocía la noticia de que alguna de estas figuras tenía buena mano para algún tipo de mal esta era asumida rápidamente. En la época había catorce santos que eran considerados por todos como los intercesores más seguros ante los males más comunes: Acacio, Bárbara, Blas, Catalina de Alejandría, Ciriaco, Cristóbal, Dionisio, Egidio, Erasmo, Eustaquio, Jorge, Margarita, Pantaleón y Vito.

Pero ¿cómo fueron conocidos aquí siendo de tan lejos (de un extremo a otro de Europa) y estando en el tiempo histórico que estamos (no se conocía la imprenta y no se sabía qué eran los medios de comunicación)? Hay dos realidades de ese tiempo que sin duda están en el origen de todo.

Una, el Camino de Santiago, que en esa época, en Europa, era un medio importantísimo de transmisión cultural y de comunicación de ideas. Los peregrinos traían consigo cantidad de conocimientos, de costumbres y tradiciones que iban comunicando y dejando por los sitios por donde pasaban.

Dos; los monasterios, con las universidades todavía muy incipientes, eran los centros de saber y de innovación más importantes de la época. No había fronteras para ellos y el trasiego de monjes de una comunidad a otra hacía que en esas visitas y en esos intercambios se llevara consigo todo lo que de noticioso hubiera en los distintos lugares. En los monasterios, además de huerta, había bibliotecas, donde se trascribían todos los manuscritos y se llevaban copias de un convento a otro. El triángulo Roma, Cluny (Francia) y San Benito (Sahagún, León) fue determinante.

La curiosidad por saber el por qué de las cosas es algo sano y recomendable, hace que fundamentemos mucho mejor lo que creemos y dejemos de lado la superstición y el oscurantismo.


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