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El Dios de las parábolas

Parábola de los talentos

Fotografía: Romano (Creative Commons)

La parábola de los talentos que leímos hace un par de domingos, es quizá una de las más conocidas por todos. Su mensaje nos parece muy bien porque el Señor nos pide que seamos diligentes, que desarrollemos nuestras capacidades y que estemos dispuestos siempre a conseguir no solo lo que podamos sino un poco más.

Pero hay algo que siempre me queda ahí rondando la cabeza después de pensar en esa lectura. En tiempos de Jesús (y ahora también) estaba muy extendida la idea de relacionarse con Dios, como si este fuera un empresario, empresario que te da una serie de cosas y tú tienes que negociar con ellas para conseguir más, y así él estará contento contigo y te premiará por lo bien que lo haces, e incluso tú podrás exigirle pues has cumplido tu parte. Por otro lado, el que no cumpla, que se prepare, porque será reprendido duramente y castigado con sanciones verdaderamente serias.  Hablamos de una relación con Dios como muy comercial, donde hay mucho de intereses y de negocio, pero donde el amor no aparece por ningún lado.

No dejemos que esta manera de pensar nos haga poner en duda que el Dios de Jesús es sobre todo PADRE, y nuestra relación con él debe ser siempre la del hijo que conoce lo que tiene que hacer. Hijo que sabe responder con responsabilidad a la bondad de Padre, hijo que se esfuerza desarrollar los talentos que este le ha dado, y lo hace porque sabe que eso es bueno para él y está dispuesto a ponerlos al servicio de aquel que los pueda necesitar. Lo que hace, nunca lo hace por el temor que pueda tener a ese Dios exigente, sino por el amor que se ese Dios le tiene, que es muy distinto.

Este hijo sabe también (y esto es muy importante) que cuando no hace las cosas bien ese padre no lo está esperando para darle su merecido, sino que lo espera para celebrar su vuelta con una fiesta espectacular, porque los padres siempre piensan que la próximo vez el hijo lo va a hacer mejor.

Esta es la novedad del evangelio de Jesús, que por otra parte descubrimos en multitud de textos evangélicos. Es una realidad que compromete mucho porque si él se porta así conmigo yo tengo que portarme igual con los que me rodean.

¡Feliz Adviento!

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