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Gracias Benedicto XVI

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Fuente: Ecclesia

Una revista católica de hace unas semanas titulaba su editorial: “Respeto, reconocimiento, agradecimiento y confianza”. A ellos se podrían añadir otros, pero no cabe duda, que esos cuatro sustantivos reflejan como debe nuestra actitud ante la decisión de este Papa.

A lo largo de sus ocho años al frente de la nave de Pedro, Benedicto XVI ha sido un magnífico pastor de la Iglesia católica, una referencia segura para las personas de buena voluntad y una personalidad respetada y en creciente prestigio en el conjunto de la sociedad.

El Papa sabio y humilde que ha sido Benedicto XVI ha sobresalido igualmente por su hondura y afabilidad humana, por su indudable apacibilidad. Hombre creyente, pues, de paz, de encuentro, de comunión, de diálogo, quienes lo han tratado personalmente han destacado siempre la suma delicadeza de su trato, su capacidad de escucha y el don de la acogida.

Papa firme en tiempos de turbulencia (tantas y tan lamentables, casos de pederastia, informes secretos vaticanos sacados a la luz…). Benedicto XVI ha sido valiente, sincero, honesto, claro, audaz. Ha sido en medio de tanta “noche oscura” testigo de luz y de esperanza. Y, en todos los cargos y servicios en que lo ha ido colocando la Providencia, ha custodiado, defendido y difundido la fe católica, la fe de la Iglesia, con toda su sabiduría, con toda sus fuerzas, con toda su apacible y firme firmeza y con todo el sentido y la conciencia de la responsabilidad.

Todo ellos nos lleva a reconocer y a agradecer su persona y su ministerio. Y a hacerlo de todo corazón. Y es que creemos que debe ser un deber de justicia este reconocimiento y agradecimiento.

Lo anterior significa también que acogemos con respeto profundo y sincero su decisión de renunciar al ministerio apostólico. A partir de 28 de febrero, Benedicto XVI se retirará de la escena pública sin atisbo alguno de nostalgias o querencias. Lo hará con la misma discreción y servicialidad con la que ha estado en primerísimo plano de la vida de la Iglesia y de la humanidad. Y con la misma efectividad. Que nadie lo dude: Benedicto XVI no será jamás una “sombra” ni para su sucesor ni para la Iglesia.

De ahí que esta hora inédita y compleja en la que nos hallamos sea también una hora de confianza y de esperanza. No es una confianza basada en especulaciones y candidaturas humanas, en hipotéticos programas de reformas u otros cálculos meramente periodísticos. Es la confianza y la esperanza de que es Dios quién guía a su Iglesia, de que nadie quiere más al mundo y a la Iglesia que Dios, su creador y guardián providente, que Él estará siempre con nosotros. Todo esto ahora se va a volver a producir, esa es nuestra convicción y el manantial de nuestra confianza y esperanza.


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