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La Iglesia pueblo de Dios

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Fuente: Un amor sin límites

A los cincuenta años del Concilio Vaticano II

La imagen más significativa que ofrece la Constitución Lumen Gentium del Vaticano II sobre la Iglesia, no cabe duda que ha sido la de considerarla como Pueblo de Dios. Aunque en el Nuevo Testamento sólo se utiliza una vez en la 1.ª carta de Pedro 2, 9-10, hay que decir que no es novedosa porque no se hubiera usado antes –tiene larga referencia en el A. Testamento y posteriormente en los Santos Padres y autores eclesiásticos y teólogos– pero sí porque durante siglos era un concepto prácticamente abandonado, pues dominaban otras imágenes para designar a la Iglesia más concordes con la cultura y la teología de cada época.
 
Partiendo del absoluto cristocentrismo de toda la Constitución, que coloca a Cristo en el centro y huye de cualquier pretensión de sustituirle, y de reconocer su condición de ser encuentro con Dios –signo e instrumento del mismo- la Constitución Lumen Gentium va mostrando el Misterio de la Iglesia en su relación con la Stmª Trinidad, su relación con el Reino-Reinado de Dios, las diversas imágenes que en la Escritura designan a la Iglesia, destacando la de Cuerpo Místico de Cristo, su condición visible y, al mismo tiempo, invisible, destaca en el capítulo segundo su condición de Pueblo de Dios por encima de cualquiera otra imagen, aunque en el Nuevo Testamento sólo se utiliza una vez en 1ª Ped. 2. 9-10. Esta es otra novedad del Concilio. No porque no se hubiera usado antes –tiene larga referencia en el A. Testamento y posteriormente en los Santos Padres y autores eclesiásticos y teólogos- pero sí porque durante siglos era un concepto prácticamente abandonado, pues dominaban otras imágenes para designar a la Iglesia más concordes con la cultura y la teología de cada época.
 
El Concilio recupera el término, y la teología subyacente en el mismo, para referirse a la Iglesia: “a quienes miran con fe a Jesús como autor de la salvación y principio de unión y de paz, Dios los ha llamado a formar un grupo y los ha constituido en Iglesia para que ésta sea para todos y cada uno sacramento visible de esta unidad salvadora” (LG. 9 c). Esta Iglesia es llamada pueblo “y así este Pueblo mesiánico… constituido por Cristo para ser una comunidad de vida, de caridad y de verdad, es asumido también por Él como instrumento de la redención de todos y enviado al mundo universo como luz del mundo y sal de la tierra (LG.9 b) “Dios ha dispuesto… salvar y santificar a los hombres no por separado, sin conexión alguna entre sí, sino constituyéndolos en un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente (LG. 9,a). Así la Iglesia es presentada como el nuevo Pueblo de Dios.
 
¡Hay que ver con cuanta alegría se recibió esta imagen utilizada por el Concilio para designar a la Iglesia! Y ¡Hay que ver también cómo ha caído en el olvido tanto de la jerarquía como del pueblo cristiano! El Concilio lo tuvo muy claro, antes no, pues primero se hablaba de la jerarquía y, además, la Iglesia se entendía por referencia a ella. La gente lo decía claramente: la iglesia son los curas, término que englobaba papa, obispos, curas y religiosos. El concilio puso las cosas en su sitio con esta imagen y su significado, recuperada de la antigüedad y olvidada durante siglos. Por eso habló primariamente del Pueblo de Dios, de la Iglesia como Pueblo de Dios, no referida sólo a los fieles confiados a los pastores, como si estos fueran cosa aparte, sino a la entera comunidad formada por laicos y jerarcas, por fieles y pastores.
 
El contenido de esta imagen expresa como primera consecuencia, algo en lo que también ha insistido el Concilio que es la igualdad de todos sus miembros: “Existe una auténtica igualdad entre todos, tanto en la dignidad como en la acción de construir el Cuerpo de Cristo, que es común a todos los creyentes” (LG. 32,c). Aunque en contraste con épocas anteriores, se ha avanzado en este aspecto, sin embargo no sólo no se ha desarrollado y avanzado suficientemente sino que esta igualdad está siendo muy olvidada en casi todos los niveles y comunidades de nuestra Iglesia. Siendo la Iglesia en su Misterio comunión, es llamada permanente a la unidad pero no a la uniformidad pues, siendo Pueblo -comunidad abierta y extendida- es también llamada permanente al respeto a la diversidad y la pluralidad. Decir Pueblo de Dios “no es una realidad más que la manifestación terrena del Misterio de la Iglesia”, y esto demanda la igualdad creada en todos los que están identificados en esa comunión.
 
También expresa, y esto es también novedoso, que la pertenencia a la Iglesia lo es en sentido análogo –no unívoco- porque, ciertamente y en distintos niveles, todos los hombres –incluidos los increyentes de buena voluntad- todos tienen que ver con la Iglesia y no están completamente fuera de ella, con lo que este Concilio rebasa la doctrina expresada con anterioridad, por ejemplo con Pío XII en la Mistici Corporis Christi: “quienes en fin no han recibido todavía el Evangelio, están también ordenados, de maneras diversas al Pueblo de Dios” (LG. 16).