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Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo (II)

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Fuente: Conferencia Episcopal Española

La participación de todos los laicos en la misión evangelizadora de la Iglesia es hoy especialmente urgente. Es, incluso, más necesaria que nunca. La autonomía de nuestra sociedad crecientemente secularizada; la separación, pretendidamente justificada, entre la fe y la vida diaria, pública y privada; la tentación de reducir la fe a la esfera de lo privado; la crisis de valores; pero también la búsqueda de verdad y sentido, las más nobles aspiraciones de justicia, solidaridad, paz, reconocimiento efectivo de los derechos reconocidos y conculcados, la defensa de la naturaleza, son otros tantos desafíos que urgen a los católicos a impulsar una nueva evangelización, a contribuir a promover una nueva cultura y civilización de la vida y verdad, de la justicia y la paz, de la solidaridad y el amor.

Todos los miembros de la Iglesia son llamados a la santidad. Los cristianos laicos han de santificarse en el mundo. Su condición eclesial se encuentra radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular. Su vida según el espíritu se expresa particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas.

El campo propio, aunque no exclusivo, de la actividad evangelizadora de los laicos es la vida pública: el dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad social, de la economía; así como también de la cultura, de las ciencias y de las artes; de la vida internacional, de los órganos de comunicación social; y también de otras realidades particularmente abiertas a la evangelización del amor, la familia, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento.

Los laicos cristianos, como ciudadanos de la sociedad con derecho a participar en la vida social y política, no pueden renunciar al deber de participar activamente en la vida pública. En efecto, los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Así, los lacios que son Iglesia y son la Iglesia en el mundo, que pertenecen al mismo tiempo al pueblo de Dios y a la sociedad civil, con su presencia en la vida pública, hacen presente a la Iglesia en el mundo y animan y transforman la sociedad según el espíritu del Evangelio. Al mismo tiempo participan en la Iglesia como hombres y mujeres de la sociedad civil.

La presencia pública de la Iglesia es una exigencia de su misión evangelizadora. Esta presencia no está motivada por una falta de reconocimiento de la legítima autonomía de lo secular, ni está orientada a la configuración de una sociedad neo-confesional. Estos supuestos, los criterios que nos ayudan a superar peligros, sospechas y tentaciones (fanatismos o fundamentalismos) y nos ayudan para avanzar en el discernimiento y determinación de las formas válidas de presencia pública eclesial pueden ser los siguientes:

– No podrá considerarse eclesial ninguna forma de presencia pública que entre sus objetivos y procedimientos incluya la conquista o ejercicio de poder.
– Cualquier forma de presencia pública eclesial deberá respetar siempre la legítima autonomía de lo secular.
– Toda presencia pública eclesial debe inspirarse siempre y ser exigencia de la misión propia de la Iglesia que es la evangelización y estar al servicio de los pobres necesitados.

El problema de la presencia de la Iglesia es también el de la presencia pública cualificada de los laicos. Y al revés: el problema de la presencia pública de los laicos lo es asimismo de la Iglesia. Para solucionar estos problemas es necesaria la formación de la conciencia social de todos, esta formación debe articularse sobre el principio de que la fe que profesamos no es algo privado, sino que es constitutiva y especialmente pública y por consiguiente con implicaciones en todas las dimensiones de la sociedad.


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