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Los gozos y las esperanzas

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En un anterior artículo dijimos que Benedicto XVI hizo coincidir la inauguración del Año de la Fe, ahora clausurado, con el cincuenta aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II. La intención era clara: destacar y poner en valor uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la Iglesia, de la historia contemporánea, seguro.

El Concilio Vaticano II hizo que la Iglesia tomara conciencia de que su misión era estar dentro del mundo para conocerlo y transformarlo, no estar por encima de él para dominarlo. La imagen del papa bueno (Juan XXIII), abriendo las ventanas del Vaticano para que corriera el aire de Roma, daba idea de que había vivido demasiado encerrada en sí misma, había que espabilar o nos quedábamos rezagados. Convocó un Concilio, no para condenar alguna herejía o para dar respuesta al algún cisma, como se habían convocado otros, sino para debatir el papel de la Iglesia en el mundo.

Uno de los documentos que mejor asimiló el espíritu conciliar fue el aprobado y promulgado solemnemente el 7 de diciembre de 1965 (hace ahora 48 años), su recorrido no fue fácil, fueron tres años de duros trabajos y revisiones de textos alternativos (el cardenal Karol Wojtyla participó en ellos), era la conocida como Constitución Pastoral. El esquema 17 comenzó a circular entre los padres conciliares para analizar el lugar de la Iglesia en el mundo moderno, pero hubo que dar muchas vueltas para que se llegara al texto definitivo. Los capítulos sobre el ateísmo, el matrimonio y el dedicado a la paz y a la guerra (la guerra fría estaba muy presente), fueron los más debatidos. Al final, 2.111 padres conciliares dieron su aprobación, frente a los 251 en contra, a la Constitución Gaudium et Spes.

Desde ese momento “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo… La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”. Un documento de la Iglesia que comience así no puede nada más que aportar cosas buenas.

La Gaudium et Spes es un texto excepcional, no solo por ser el texto más largo de toda la historia conciliar, sino porque nunca se había hablado tan directamente del hombre enfrentado con los problemas de la vida temporal. La Iglesia demostraba su preocupación y su necesidad por conocer el mundo e interesarse por su realidad para ofrecerle como solución la luz del Evangelio.

Hacer llegar al hombre moderno la verdad de Cristo era el programa que proponía a la Iglesia este documento conciliar en el año 1965. Después de 48 años, me pregunto si hemos sabido llevar a la práctica sus consejos.


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