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Roma: nueva oportunidad

Papa Francisco

Fotografía: Catholic Church England and Wales (Creative Commons)

Es posible que ya lo haya dicho alguna que otra vez, a lo largo de los XXI siglos de Historia de la Iglesia, se han producido acontecimientos de todo tipo, ha habido personajes de todos los “pelajes” y se han vivido situaciones de las que era imposible predecir lo que iba a pasar. Los creyentes decimos y creemos que ha sido el Espíritu el que ha guiado a la misma, los que no lo son, no sé lo que pensarán, pero me lo imagino.

Bueno, pues a pesar de todo lo sucedido, el papa Francisco está decidido a hacer cosas nunca hechas antes, como ya es sabido desde hace unos meses, ha convocado a los presidentes de todas las Conferencias Episcopales del mundo para verse con ellos en la Ciudad del Vaticano del 21 al 24 de febrero. La reunión, de carácter privado, tiene un tema monográfico: la pederastia en la Iglesia Católica.

Creo que dicha reunión, lo que pone de manifiesto, es que el Papa quiere abrir las ventanas para afrontar el que es el problema principal de la iglesia en la actualidad, nada de oscurantismo y de negaciones imperdonables, nada de prejuicios fundados en razonamientos incomprensibles. ¡El problema existe y hay que afrontarlo!

El papa sabe que él no puede llegar a todos los sitios, y que son los obispos los que tienen que estar a la altura en el tratamiento de este problema. Los prelados de cada diócesis deben dar un paso adelante y ponerse frente del trabajo para clarificar los casos que se puedan producir en los territorios que caen bajo su pastoreo. Es verdad que el mismo Papa ha procurado rebajar las expectativas de la reunión, pero dejar escapar esta oportunidad sería imperdonable.

Este encuentro es una gran oportunidad para convencerse de la necesidad de elaborar unos protocolos de actuación lo suficientemente claros para que todo el mundo sepa lo que hay que hacer y que se cumplan.

Como en otros muchos temas, sobran las palabras y hay que pasar a los hechos, nos jugamos la claridad y la transparencia que se nos exige.

Abusar de los inocentes más indefensos, es quizá el pecado más grave que se pueda cometer, pero es también un delito, y no uno cualquiera, por el que hay que pagar la culpa que la justicia determine.


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