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Un mensaje del siglo XXI

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Comentario a Lucas 5, 33-39

El evangelista Lucas toma como pretexto la cuestión del ayuno para darnos a conocer la posición de Jesús respecto a la primacía que debe imperar entre la novedad del evangelio y las normas que imponen las instituciones. Diría más: entre la necesidad de optar por vivir conforme a las enseñanzas evangélicas u optar por hacerlo conforme las conveniencias humanas que imponen las instituciones, instaladas en la comodidad de costumbres y jerarquías convenientes a unos pocos bien ubicados y deseosos de mantener sus privilegios.
 
Jesús remacha su argumento ampliando la comparación al paño y al vino nuevo y declarando la incompatibilidad de estos con lo viejo.
 
Los escribas y fariseos, expertos conocedores del dogma y representantes del “orden establecido”, denuncian ante Jesús la actitud de sus discípulos que, con sus acciones, se saltan lo prescrito por la Ley Mosaica.
 
Jesús no entra, siquiera, a debatir con ellos la forma de vida de sus discípulos. Sencillamente da por sentado que ya no son tiempos de ayunos, de duelos, de lamentos. Ahora, dice, es el momento de la boda: el novio está con ellos y trae la alegría de la fiesta que la boda representa. Y ¿cómo se puede llorar y ayunar en medio de una fiesta?
 
Jesús y la Buena Noticia (el Evangelio) que trae al mundo son la puerta que da por concluido el pasado y abre una preciosa panorámica sobre el nuevo camino, sobre la nueva forma de vivir a que anima su enseñanza.
 
Y este pasaje de Lucas no es el único en que Jesús imparte esta enseñanza. El evangelista Marcos (7, 1 ss.) describe cómo Jesús es recriminado por los fariseos a propósito de las purificaciones rituales, habituales entre los judíos observantes de la Ley: “¿Porqué no caminan tus discípulos según la tradición de los mayores y comen el pan con manos impuras?” Jesús les contesta citando, primero, al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan SON PRECEPTOS HUMANOS.” Y añade luego por sí mismo: “Anuláis el mandamiento de Dios para mantener vuestra tradición”.
 
No deja de resultar curioso (por no decir lamentable), que cuando leemos estos versículos solo pensamos en lo que Jesús les dice a los escribas y fariseos de hace dos mil años, pero procuramos, muy ladinamente, no aplicarnos la enseñanza de Jesús a nosotros mismos HOY, en este ya bien entrado siglo XXI. Sin darnos cuenta (o dándonos, lo que sería mucho peor) estamos haciendo exactamente lo mismo que los puristas de la época de Jesús: aludir a lo que prescribe la vieja ley, reclamar su aplicación, aferrarnos a la enseñanza de la tradición… para olvidarnos de la realidad de la vida en una época y con un modo de vivir que nada tienen que ver con los del pasado.
 
Nunca he entendido a los que dicen que Jesús se refería solo a aquel momento, en que Él, en persona, estaba entre ellos, pero que ahora son tiempos distintos, pues la presencia de Jesús ya no es igual. Ahora, dicen, su presencia es sacramental. Y me pregunto, ¿qué fe profesan los que esto afirman? ¿No confesamos que Jesús está en la Eucaristía en cuerpo, sangre, alma y divinidad? ¿qué más presencia quieren? ¡¡El novio sigue con nosotros!! No es, pues, tiempo de ayunos, ni de lamentos, sino tiempo de alegría, de compartir la fiesta invitando a propios y a extraños y no excluyendo, de ningún modo, a los que el mismo Jesús dijo en sus parábolas que eran invitados a la mesa del Padre: los pecadores, los marginados, los excluidos.
 
Cuando Jesús alude a la vieja y nueva ley habían transcurrido mucho menos de dos mil años desde que, con Abraham, se inició la época de los Patriarcas. Y escasamente mil años desde que se escribieron los primeros libros del Antiguo Testamento. Y Jesús llama a eso, “la vieja ley”, y alude a las tradiciones corrompidas a las que se aferran escribas y fariseos.
 
Hoy han transcurrido más de dos mil años desde el nacimiento de Jesús. Y algunos siguen empeñados en interpretar literalmente la enseñanza de Jesús y los apóstoles. Siguen empeñados en “escuchar” las palabras dichas hace dos mil años, lo que equivaldría a escuchar una palabra muerta. Muerta y enterrada. Y no debe ni puede ser así, porque la palabra de Jesús y los apóstoles sigue siendo una palabra VIVA, actual, candente, eterna, aplicable con arreglo a la realidad en la que se desarrolla la sociedad del siglo XXI. Muchos siguen hoy, desgraciadamente, queriendo meter en odres viejos el vino nuevo, queriendo poner remiendos de tela vieja al traje nuevo y actual que es la Buena Nueva que leemos cada día.
 
Jesús habla hoy. Nos habla hoy desde el Evangelio. Y para interpretar la palabra de Jesús no podemos acudir a lo que decían los santos de hace mil años. Hemos de interpretarla HOY, atendiendo a la realidad de HOY. La palabra de Jesús sigue siendo un vino totalmente nuevo que hemos de guardar en odres también totalmente nuevos.
 
De otro modo seguiremos asistiendo al progresivo y cada vez más escandaloso distanciamiento entre el pueblo de Dios y la Iglesia. Y no es que el pueblo se aleje de la Iglesia, no. Es ésta la que se aleja cada vez más del pueblo en el que Dios quiso encarnarse.


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