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Ascensión del Señor (B)

Ascensión del Señor

MARCOS 16, 15-20. En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.


Con la celebración de la Ascensión estamos a punto de terminar el tiempo pascual. Contemplamos a Jesús en su partida y encomendando a los suyos la misión de ir al mundo entero y proclamad el evangelio. Jesús se va, aparentemente los deja solos, ha llegado la hora de los apóstoles, de aquellos que durante tres años estuvieron con Él, y se convencieron que vivir como Él vivió, y anunciarlo a los demás merecía la pena. Nadie los obligó, cada uno pudo volverse a su casa tranquilamente, pero no, el recuerdo de Jesús, su vida, su ejemplo los había marcado de tal modo, que se decidieron a continuar su misión. ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?, aquellos galileos estaban tan marcados por las palabras de Jesús y por el resplandor de su gloria que no se podían ni mover. Pero, volverán a Jerusalén y desde allí se dispersarán hasta los confines del mundo, para proclamar las maravillas de Dios, maravillas que en aquellos momentos no podía ni sospechar y de la que ellos serán los primeros testigos. Sólo les queda una cosa, recibir el Espíritu, recibir el Espíritu para que nazca la Iglesia, espíritu que los lanzará a ser testigos de aquello que habían conocido, visto y sentido. Lo celebraremos el próximo domingo, día de Pentecostés.
 
La valentía, la creatividad y la hermandad son las nuevas características de los seguidores de Jesús. El riesgo es constante porque tendrán que abrir una brecha en el centro del judaísmo y prolongar su testimonio en medio de todas las gentes y culturas. Su fidelidad les conducirá hasta el martirio. Cada situación nueva estimulará su ingenio creativo, porque su convencimiento es pleno y la asistencia del espíritu es generosa. La fidelidad al mensaje les exigió adaptarlo a las nuevas situaciones. Primero transmitían el mensaje de boca en boca, después, de la transmisión oral se pasó a la escrita y aparecen los evangelios, las primeras cartas de Pablo a las comunidades que iba creando. La comunidad de creyentes se irá formando, creciendo, constituyéndose en Iglesia de Dios, fundamentada en la fe y en la palabra, en medio de dificultades, pero alentada por la presencia continua del Espíritu y de ese Jesús al que hoy ven partir.
 
En este tiempo de misión de la Iglesia, la presencia del Señor preside y acompaña a la comunidad de los suyos. Nos acompaña cada vez que nos juntamos a celebrar la fracción del pan los fines de semana. Cada vez que participamos en la Eucaristía, es como si Él quisiera recordarnos que está a nuestro lado, que quiere compartir lo que somos y lo que tenemos. De aquí que la Eucaristía sea el centro de la vida de los cristianos.
 
Otra presencia nos transmite también la cercanía del Señor: la de las personas que nos necesitan. Para descubrir en ellos su rostro necesitamos mucha fe, mucho amor, y además tener un corazón abierto por los sentimientos de solidaridad hacia ellos. Benedicto XVI, nos ha dicho: “La esencia de la Iglesia se expresa en esta triple tarea: el anuncio de la palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad. Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra”.
 
Esta celebración del triunfo de Jesús, fija en el cielo nuestra meta, es verdad, pero al mismo tiempo, desde su altura, el Señor nos indica el camino a seguir, pisando la tierra, caminando al lado de los otros, con nuestro estilo, con nuestra identidad, pero codo con codo con los demás, sin considerarnos superiores a nadie, con la seguridad que nos da la presencia de ese Jesús junto a nosotros.
 
Señor Jesús, lo mismo que a tus apóstoles a nosotros también nos envías a ser portadores de tu mensaje a los sitios donde cada uno vive. Haz que nuestro testimonio se note no tanto en los que decimos, sino en lo que hacemos, que sean nuestra obras las que pregonen a los cuatro vientos que nuestra fe en Ti es algo vivo y actual, algo que intentamos llevar a nuestra vida de cada día, con mucha ilusión pero también con mucha humildad, porque siempre tenemos presente nuestros fallos y pecados.
 
Se lo pedimos al Señor, se lo pedimos los unos para los otros, especialmente para los que estamos hoy aquí, y que siempre nos sintamos solidarios de los que sufren o están enfermos, de los que están solos.


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