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Domingo V del Tiempo Ordinario (A)

Vela

MATEO 5, 13-16. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».


Pocas cosas parece que han cambiado desde que el profeta Isaías lanzaba en nombre de Dios su grito y su denuncia al pueblo hebreo; parece que hoy también sigue gritándonos y van dirigidas a nosotros.
 
El pueblo de Israel, que era un pueblo basado fundamentalmente en la fe en Dios, que había contado con su presencia siempre, que había cumplido todo lo que tanto los jueces, los reyes o los profetas le comunicaban en nombre de Dios. Dios era el centro de la vida del pueblo. No hacían nada sin recurrir El. Sin embargo, Isaías les echa en cara, que han centrado demasiado esa presencia refugiándose en el culto, en los holocaustos, en las paredes del Templo, y han olvidado otras cosas, otras dimensiones que son fundamentales. Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador, cuando partas tu pan con el hambriento, clamarás al Señor y El te responderá. Estas palabras tan duras de Isaías, indican que la religiosidad del pueblo de Israel estaba equivocada a los ojos de Dios. Que se habían equivocado a la hora de intentar vivir como Dios quería.
 
Demos un salto de casi XXV siglos desde la predicación de Isaías, y veamos que es lo que esta palabra de Dios me quiere decir a mi, hoy, en este momento concreto de mi vida. Podemos seguir empeñados en pretender cambiar el mundo sólo con la recitación de unas fórmulas aprendidas, podemos pretender que con el mero cumplimiento de unos preceptos ya hacemos lo suficiente, podemos refugiarnos en la confianza ciega de aquel que no hace nada, esperando que le salve la divinidad.
 
Ese no es el Dios en el que nosotros creemos. Nuestro Dios es aquel que utilizó los labios de Isaías, para indicarnos nuestra equivocación, es aquel que nos envió a su Hijo y nos enseñó el camino. Para que hoy yo clame al Señor y me escuche tengo que acercarme al necesitado, que sí que los hay, siempre hay alguien que necesita de mi presencia, no solo para que lo ayude económicamente, hay gente que necesita de mi cercanía, de mi ayuda, de mi sonrisa, de mi mano en el hombro, y yo por mi egoísmo, por mi soberbia, por mi dejadez, por el que dirán le doy de lado. Cuando yo me atreva a cambiar mi corazón, y lo haga mas misericordioso, sencillo, limpio, compasivo, tierno, entonces clamaré al Señor y el me escuchara, y yo notaré su presencia junto a mí. Mientras me refugie en otras cosas, que no hagan realidad esto, el Señor aunque me espere, porque siempre me espera, siempre espera mi cambio, el Señor no estará contento conmigo.
 
San Mateo, en el evangelio nos sigue insistiendo en lo importante del testimonio en la vida del cristiano. Yo tengo que ser luz y sal para los que me rodean. ¿Pero como voy a ser luz para los otros si me vela esta apagada?, ¿cómo voy a ser sal, si mi comportamiento es insípido?. Parece que solo nos queda reconocer ante el Señor, nuestra falta de autenticidad en lo que dice relación a nuestra fe. Somos creyentes, porque estamos bautizados, pero nuestra conducta no demuestra esa realidad, el peso de nuestra fe a la hora de determinar nuestra conducta es demasiado poco.
 
La Eucaristía de hoy es una invitación a dejarnos de teorías y pasar definitivamente a la acción. Es la hora en la que esa frase tan falta de sentido, y que se ha hecho tan popular entre nosotros “soy creyente, pero no practicante” hay que arrojarla a la papelera. Se entiende que no practican porque nos van a misa cuando la práctica del cristiano además de ir a misa, lleva consigo otras cosas también muy importantes, si uno es creyente tiene que comportarse como tal, sino es así es porque en realidad no creemos lo que decimos.
 
Reconocerse pecador en una actitud fundamentalmente religiosa, pero ese reconocimiento debe llevar consigo también una actitud enérgica de intentar ser mas auténticos y más profundos a la hora de ser luz y sal para los otros. Echa una mirada a tus actos, echa una mirada a tu conducta, de verdad, ¿ella puede ser luz y sal para los que la ven?
 
Señor que seamos más coherentes con lo que creemos. Te lo pedimos al tiempo que recordamos a todos los que sufren, están solos o enfermos.