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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (C)

María y el Niño

MATEO 1, 1-2.15-16.18-23. Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos… Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros»».


Es interesante analizar con detenimiento el contenido de la carta de Pablo a su amigo Filemón, que hemos escuchado en este domingo como segunda lectura. Filemón era un hombre de buena posición y Onésimo había sido durante algún tiempo esclavo suyo. Hay que tener en cuenta que en aquella época (primeros años de nuestra era) existía una sociedad donde estaban muy marcadas las distintas clases sociales y la existencia de la esclavitud era algo normal y aceptado. El cristianismo se va abriendo paso poco a poco y en las primeras comunidades, se admitía a todas las personas de cualquier clase y condición, no haciendo distinción según la procedencia de cada uno, y a pesar de las dificultades, que las hubo, no se tenía en cuenta ni el lugar de nacimiento ni la situación social del candidato. Es posible que Onésimo se convirtiera al cristianismo estando en la cárcel junto con San Pablo. Por eso ahora cuando va a volver con Filemón, Pablo le pide a éste que lo acepte no como un esclavo sino como un hermano. Y éste es el gran mensaje de la lectura, la fe en Jesús, cambia las relaciones entre los hombres, ya no hay dominio de unos sobre otros, ya no hay esclavos y libres, opresores y oprimidos, amos y siervos… sólo hay hermanos. El mensaje de Jesús nos convierte a todos en hermanos, porque todos somos hijos de un mismo Padre: Dios.

Atendiendo ya al evangelio de la misa de hoy, encontramos a Jesús recorriendo su camino hacia Jerusalén. Jesús pensó que era una buena ocasión para enumerar a los que le seguían las condiciones necesarias para hacer un buen seguimiento. La primera es que todo nuestro afecto debe estar dirigido a su persona. La segunda condición es la de la cruz. El que sea discípulo de Jesús, habrá de aceptar, voluntariamente, como Él, la cruz, y seguir el camino que Él nos enseñó. Y la cruz, como ya sabemos, la encontramos todos los días en nuestro vivir diario, cada uno sabe cual es la suya, la clave de la cuestión está en saber aceptarla, en saber llevarla con dignidad, en trabajar para hacerla mas llevadera a nosotros y a los demás, en saber compartir la misma suerte de Jesús. Y la tercera de las condiciones: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. La frase aparece como de repente, sin ninguna introducción que pudiera preparar a los que le escuchaban. Jesús tiene que ser más valioso para nosotros que todos los bienes que podamos tener.

Estas son las exigencias de Jesús, puedo darles todas las vueltas que quiera para hacerlas más suaves o menos exigentes. Será nuestra disponibilidad y de cómo sea el nivel de nuestra fe el que intentemos asumirlas, que las dejemos de lado, o que las suavicemos todo lo que queramos.

El ejemplo de las torres y del rey está puesto como una advertencia a sus discípulos, es como una llamada a la reflexión individual para ver hasta dónde estamos dispuestos a llegar a la hora del seguimiento. No puedo comprometerme a dar como diez, si sólo puedo llegar a siete, o manifestar que estoy dispuesto a darlo todo, y luego sólo me conformo con llegar al cinco. Es decir, Jesús me pide que me conozca a mi mismo, y sepa hasta dónde puedo llegar, que reflexione, que piense, y solo así podré dar pasos para poder superarme, pero, si no me conozco lo suficiente ni a mi mismo, ¿cómo puedo intentar dar pasos que manifiesten esa superación?

Cuando ya estamos dejando atrás el periodo vacacional, y nos disponemos a comenzar un nuevo curso en todos los sentidos también en el pastoral, y en el de nuestra vida religiosa y parroquial, debo intentar avanzar un poco, en las cosas que creo, y a las que voy a comprometerme. ¿Para ser discípulo de Jesús, que es lo que yo voy a mejorar en este nuevo curso? ¿Voy a seguir haciendo lo mismo de siempre?, no puedo seguir exigiéndome sólo lo mínimo o lo menos comprometido. La parroquia como todos los años nos propondrá cosas que cada uno tiene que asumir y hacerlas suyas.

Esta puede ser una buena pregunta que debo intentar responder en estos días. Le pedimos al Señor que nos de fuerzas para dar pasos en todo los que significa nuestra vida de fe. Se lo pedimos al Señor, al tiempo que seguimos pidiendo por los más necesitados, los pobres y los enfermos.


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